Hoy son 18 los pueblos originarios reconocidos como tales en el Beni, de los cuales quizá la mitad se hallan desperdigados por la cuenca anegadiza de las pampas de Moxos. Persisten los seis originales, de ancestros dueños de la tecnología de lomas fértiles y canales de navegación barata y expedita todo el año. Con maquinaria moderna en cuyo manejo los propios indígenas se capacitasen, imaginen lo efectivo que fuera recuperar el acervo cultural del Gran Paitití. Si en el siglo pasado el Beni transitó del carretón a la avioneta, en el nuevo milenio ¿no es hora de recuperar y modernizar tecnologías ancestrales de pueblos originarios?
Un amigo economista se congraciaba conmigo contando que había conocido el Beni. Enterado que solo había visitado Trinidad, le espeté un concepto de mi tío Ambrosio, poeta que a los veinte se sentía viejo y a los ochenta está lozano como veinteañero: el Beni es una nación de pueblos. Viendo los goterones de un aguacero cochabambino cuyos escurrimientos pondrían el agua al coto en la capital beniana, consulté sobre una pregunta que hiciera mi citadino contertulio: ¿qué hacen los cambas de pampas anegadas para procurarse productos de primera necesidad?
En el mar la vida es más sabrosa, canta el chachachá. En el bar también, porque las salidas de mis espirituosos amigos pecaron de risueñas. “Toman leche de yuca molida”, adelantó uno. “Hacen revuelto de zepeculones fritos”, dijo otro, que sabía que en Colombia bañan en chocolate tales hormigas de prominente traste. “El charque abunda con tanta vaca moribunda”, aventuró un optimista. Yo contribuí con el dicho de la reina María Antonieta, creo: en tiempos de la Revolución Francesa proclamó “a falta de pan, buenas son las tortas” –le costó la cabeza. Sugerí que la versión beniana son los fritos de harina y queso que suplen al horneado en tiempos de agua y leña mojada.
El estado de ánimo del día siguiente contrapunteó una penosa realidad. En días de lluvia las calles de la sede de gobierno se tornan en riadas que derrumban cerros moteados de casas. Abundan los envíos de toneladas de vituallas para damnificados en el Chapare. Yo me deprimo con que toda esa agua se irá a los suelos impermeables de la cuenca de los llanos mojeños.
Me puse a driblear con la angustia del ciclo beniano de inundación y sequía, de niños lustrosos de vientres hinchados por parásitos y gentes desdentadas por avitaminosis. A gambetear la pena de las reses a las cuales se les pudren las patas sumergidas en agua, hasta que dejan de sostenerlas y caen de lado a una agonía húmeda y larga. A cachañear el pensamiento tristón en islas de tierra alta, convertidas en arcas de Noé donde en medrosa paz conviven cervatillos, serpientes, jaguares y vacunos.
Y pateé la pelota de rabia con la desidia contemporánea, evocando al Gran Paitití de camellones inmensos amontonados a mano con palas de madera, fertilizados con un compost de cosechas de nenúfar de agua, y canales aledaños cavados cual avenidas y calles de venezuelas indígenas, productivas y libres de anegamientos, salvo en sus lagos y humedales.
Recordé a William M. Denevan, profesor que visité en los años 70 en la Universidad de California en Berkeley. En 1966 publicó la versión en inglés de La geografía cultural de los aborígenes de los Llanos de Mojos de Bolivia, estudio sobre la adaptación de los indígenas –hoy “originarios”- a las inundaciones anuales, inspirado por un artículo de 1916 del etnógrafo sueco Erland Nordenskiöld. Zaherí mi alma con que hace 35 años podía haber llevado su antorcha un tramo más lejos. Creado conciencia de efectivas soluciones pasadas del ciclo de seca y agua, en vez de indagar ilusas alternativas al cultivo de coca en el Chapare, para la sinfonía inconclusa de mi tesis de doctorado.
A fines del siglo 17, la cuenca de los Llanos de Mojos era una verdadera nación de pueblos. Los seis cacicazgos principales de entonces –Mojeño, Movima, Cayubaba, Canichana, Itonama y Baure- tenían pueblos de mayor población que en la actualidad, bien alimentados por lomas y camellones fertilizados con materia orgánica de taropé triturado, y vinculados a los grandes ríos por canales artificiales.
Hoy son 18 los pueblos originarios reconocidos como tales en el Beni, de los cuales quizá la mitad se hallan desperdigados por la cuenca anegadiza de las pampas de Moxos. Persisten los seis originales, de ancestros dueños de la tecnología de lomas fértiles y canales de navegación barata y expedita todo el año. Con maquinaria moderna en cuyo manejo los propios indígenas se capacitasen, imaginen lo efectivo que fuera recuperar el acervo cultural del Gran Paitití. Si en el siglo pasado el Beni transitó del carretón a la avioneta, en el nuevo milenio ¿no es hora de recuperar y modernizar tecnologías ancestrales de pueblos originarios?
“La interconexión de Trinidad al sistema integrado de energía eléctrica está lista”, contaba mi amigo condescendiente con mi origen beniano. Con bombas de gran caudal, pensé, se podrían reemplazar las zanjas abiertas de aguas servidas de las calles de Trinidad, por un sistema de alcantarillado que las viertan aguas abajo del río Mamoré. Hacer una red de avenidas y calles acuáticas para el transporte y el turismo, como en Chicago o Ámsterdam, del arroyo San Juan –que discurre gran parte del centro de la ciudad- y canales de agua acoplados con los concéntricos terraplenes de protección.
Me dan arcadas cuando canto “guarda el Beni su hermoso futuro”. ¿Veré yo en lo que me queda de vida las líneas de trasmisión que lleven energía a toda la cuenca anegadiza de los llanos de Moxos? ¿El control de los torrentes anuales de los Andes orientales, con hidroeléctricas y esclusas en la cuenca del río Madera, cuyos afluentes principales son los ríos Mamoré y Beni? ¿La recuperación de técnicas indígenas que transforman suelos pobres de mal drenaje en prolíficos lomeríos agrícolas? ¿Una población densa de prósperos cambas y carayanas utilizando moldes preventivos de inundaciones del siglo 17?
Por eso increpo. Políticos, dejen de engrupir a la gente con fachas sonrientes y promesas que se olvidan. Ingenieros, propongan soluciones sin cortapisas. Planificadores, arrebaten con proyectos grandes que den solución a problemas estructurales. Munícipes, los campos deportivos anegados de las obras cosméticas, son para que los renacuajos jueguen waterpolo y los sapos croen los goles?
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