Comenta una lectora amiga: “el gobierno necesita mendigos para mantenerse en el poder. Crear tantos bonos como sea posible para tener a la gente agarrada por el estómago. Pero esos bonos no dan dignidad a nadie. Destruyen el aparato productivo… cuando lo que deberían enseñar es a trabajar”. Las nuevas dádivas laborales son una forma torva de volver al carnaval laboral de antes del Decreto 21060, tanto más lacerantes porque son cortapisas a la creación de nuevos puestos de trabajo con inversiones, en un país de desocupados que exporta profesionales a soportar la indignidad de limpiar inmundicias en empleos allende los mares.
Me gusta el aire festivo de los carnavales. Son días en los que intento salir de la adustez de la preocupación y el desencanto con las vicisitudes del país. Si antes gocé de los reveladores bandos en que la picardía sacaba los trapitos sucios al sol, hoy disfruto del carnaval valluno de coplas atrevidas en guitarra y concertina, tan mestizo como la patria misma. Incitan a un burlesco “hoy con mil adobes pagan los delitos/ ni con un millón, los de un tal santito”, seguido por mi coro solitario “así yo me canto estos carnavales/ haciéndole chuscas/ a politiqueros/ a contrabandistas/ y a pichicateros”.
Ojala fuera que el tema de hoy tuviera que ver con el país convertido en gran productor de pepinos. Sí que lo es, pero de los “pipinos” que en esta época son culpables de barriga en aumento de tanta cholita distraída de que el carnaval es fiesta de la carne. En aire y lenguaje atrevido de las coplas vallunas, “a muchas les gusta la carne ’e membrillo/ pero no es lo mismo la carne ’e miembrillo”. Qué caray, dirá alguno, si los gringos tuvieron su “baby boom” –explosión de recién nacidos después de la II Segunda Guerra Mundial- nosotros lo tenemos cada año, nueve meses después del carnaval. Muchos poblarán los orfanatos para solaz de los pederastas, pústula que ha supurado hace poco.
Ese personaje del carnaval paceño de antaño, de enterizo, matasuegra y “marico” –así llamábamos en mi tierra al bolsón en bandolera entonces lleno de mistura y chisguetes de agua perfumada- se presta a ironizar medidas gobiernistas, entre ellas el anteproyecto de Código del Trabajo, que convertirá Bolivia en un país de pepinos.
Así como el jocoso personaje de carnavales se convierte en descuidado progenitor de huérfanos gestados en vientres de muchachas que poco sabían de amores, mandamases que ignoran del apostolado de criar hijos, creen resolver el problema traspasando el coste de prolongados períodos pre y post natales a patrones no siempre solventes. Pasan el fardo a sobrecargadas o inexistentes infraestructuras de medicina social, donde el Estado es el mayor acreedor porque dilapida los aportes.
No es ninguna sonora nalgada de matasuegras en pompis de birlochas carnavaleras. Según se esté en oriente o en occidente, será chicotazo de “colepeji” o de “quinsaraña” el decreto declarando feriado el último día de marzo, en honor de las trabajadoras del hogar. No afecta a la minoría pudiente con varias bien uniformadas y remuneradas, sino a familias que apenas pueden costear una doméstica, de esas llegaditas del campo que pululan en los mercados.
En un medio de divorcios tempranos, que dejan a las mujeres con una o varias maletas infantiles limitantes de su desempeño laboral, pobrecitas ellas ahora que el 30 de marzo deberán sortear el obstáculo adicional de conseguir alguien para cuidar a sus niños, o faltar al laburo que suplementa magras pensiones de sus ex maridos. En un país donde por amor todavía se resiste su reclusión en asilos, pena darán los ancianos presa de demencia senil, sin fámulas (¿quién puede pagar enfermeras?), que les aseen, acicalen y alimenten, mientras los empleadores están en sus pegas.
Evoca la ironía de que mientras casi un cuarto de millón de bolivianos se debate en la tragedia de la inundación o la sequía, porfían en hacer de Bolivia una nación de pepinos. Ya lo hicieron en 1879, cuando el país se debatía en tremendas catástrofes naturales, y el mandamás optó por el jolgorio en vez de tocar el clarín ante la ocupación de Antofagasta. Hoy Chile avanza en el tema gas mientras bailamos, lamenta un letrado ex vicepresidente aimara.
Si antaño los pepinos lanzaban perfumados cascarones, nuevas dádivas laborales evocan a duros globitos de agua con que agreden partes turgentes de féminas en el carnaval. Socapan con feriados a los enemigos de la productividad, esos que liban la víspera, se embriagan el asueto y llegan disminuidos por vapores etílicos, haciendo “condiciones peligrosas de trabajo” a todo desempeño. Hay hasta bonos de asistencia y puntualidad: ¿acaso ambas no son un deber del empleado? Se sigue el ejemplo del Consejo de la Judicatura, que fuera inaugurado con la sinvergüencería de darse vacaciones apenas iniciado, con las de ahora a partir de los seis meses, cuando ni se ha recuperado la inversión en capacitar un obrero.
Claro, mandamases que nunca manejaron una industria o invirtieron en una fábrica, muestran su hilacha de “ekekos” regaladores de indulgencias con ave marías ajenas –la plata es de los bolivianos- con ojos ávidos de votos en abril. Al burlesco “si el trabajo da salud, que trabajen los enfermos” de bandos de antaño, se da hoy la ironía de un presidente que alardea de trabajar de la madrugada hasta la medianoche, fomentando el ocio por ganar adeptos entre los ignaros. Mañana podrían exprimir coberturas sociales a conductores que dan una moneda a púberes que trabajan limpiando parabrisas en las esquinas. ¿Cuántos adobes fijará la justicia comunitaria por no tirar un pan a niños indígenas que piden limosna en recodos de caminos –atentatorio “a la dignidad de las personas de este grupo”?
Es como comenta una lectora amiga: “el gobierno necesita mendigos para mantenerse en el poder. Crear tantos bonos como sea posible para tener a la gente agarrada por el estómago. Pero esos bonos no dan dignidad a nadie. Destruyen el aparato productivo… cuando lo que deberían enseñar es a trabajar”. Y las nuevas dádivas son una forma torva de volver al carnaval laboral de antes del Decreto 21060, tanto más lacerantes porque son cortapisas a la creación de nuevos puestos de trabajo con inversiones, en un país de desocupados que exporta profesionales a soportar la indignidad de limpiar inmundicias en empleos allende los mares. ¡Viva el carnaval en esta potencia de pepinos!
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