Estampas de un paro estúpido

Por Winston Estremadoiro

Es incierto el desenlace de la guerra entre el gobierno y el gremio del autotransporte. A futuro, la solución son los tranvías y los trenes –subterráneos o elevados- propulsados por el abundante gas natural del país. Tal opción es ecológica por la reducción de emisiones contaminantes del aire urbano; es descongestionante de la colmatación de calles y avenidas por la plaga de cacharros del transporte público –caótico, bullicioso y anárquico- en nuestras ciudades. Alternativas bimodales de trenes bala y buses en el altiplano quizá devuelva los flamencos a los lagos de colores del sur y palie la polución en los salares; ciertamente para los pasajeros sería más seguro, amén de rápido, viajar entre las urbes del eje troncal del país. Más aún, los convoyes en los corredores de integración bioceánica acarrearán masivos tonelajes de Brasil a Chile, cruzando Bolivia en camino a mercados asiáticos, atosigando aún más las carreteras de la muerte. Definitivamente, hoy urgen soluciones de transporte público masivo en el país.

Quise titular “crónicas heroicas de un paro estúpido” este artículo, pero pareció un atrevimiento ofensivo al gran Augusto Céspedes, cuya prosa irónica y amarga me conmovió en “Crónicas heroicas de una guerra estúpida”. Sin embargo la imagen bélica se presta para pintar el tira y afloja del gobierno –cabeza de instituciones que constituyen el Estado- y una esfera de actividad –el transporte- que tiene ribetes de estamento intocable en naciones débiles como Bolivia, igual que la nobleza y el clero en tiempos feudales.

Es formidable el peso del gremio de los choferes –más de 150.00 afiliados. Evocan al manicomio, donde no son todos los que están, ni están todos los que son: en la coraza sindical se ocultan dueños que son empresarios millonarios, no proletarios sindicalizados. Pero no hay duda de que su poder deviene de la verticalidad, disciplina y agresividad al aplicar medidas de presión: que lo digan los gobernantes que han tumbado. También es notable su astucia, demostrada en el apego adulón a gobiernos que socapan sus privilegios: ¿se acuerdan del dirigente que pidió las medidas del pantalón de un dictador?

Después de una seguidilla cruenta de tragedias atribuibles a choferes ebrios o cansados, cuando no a la desidia en cumplir normas de mantenimiento de vehículos, el gobierno de Evo Morales puso el cascabel al gato. Con la simpatía de una ciudadanía cansada de sus atropellos y extorsiones, emitió el decreto 420, que contempla sanciones drásticas para los choferes que protagonizan accidentes, y, por supuesto, también a los dueños y sus empresas, dado que es de ellos la responsabilidad residual.

Los afectados lanzaron el grito al cielo, con un paro insolente de dos días. Recordó jornadas de bloqueos que obligaban a sufridos padres de familia a periplos riesgosos de pedradas en parabrisas o llantas pinchadas, para llevar a los críos a la escuela: nunca paró la cooperativa escolar de los míos. Por fin el gobierno, a través de la policía, ejecutó medidas sencillas en contra de los abusos al derecho ajeno. Si yo alguna vez propuse que desinflaran las llantas de los bloqueadores, esta vez las fuerzas del orden fueron más efectivas: despacharon brigadas de desbloqueo con nutrida dotación de policías pertrechados con gases y aerosoles disuasivos de la agresividad montonera de los choferes, además de la orden de anotar o decomisar placas y remolcar los vehículos bloqueadores al resguardo policial.

La prensa oral y escrita destacó con variado sesgo las peripecias del estúpido paro, menos con ojos críticos de una medida de presión costosa para la economía del país, más con lente de comentaristas deportivos que agrandan o minimizan según sus preferencias. Bajo la segunda óptica, creo que ganó el gobierno, anotándose puntos a su favor. Sin embargo, este es un período electoral y atemorizado del voto castigo, el gobierno amenaza a quienes se desvíen del voto consigna a su favor. Así que puede que pierda en mesa lo que ganó en cancha. El reglamento acordado de la norma delimitará responsabilidades compartidas de choferes, dueños de vehículos, empresas, unidades policiales y entes gubernamentales.

Tuve la oportunidad de experimentar el antes, durante y después de una ciudad sin la cacofonía de ruidos, el peligro peatonal y la polución del aire de los vehículos de transporte público. Tensiona manejar en calles repletas de taxis, “trufis”, “surubíes” y micros que sin luces cambian de carril y paran donde quieren; pareciera que el desempleo desatendido por el gobierno, ha derivado en solución de flojos, cuyas consortes les compran un carro a medio uso, para que cobijados en el “transporte libre” atosiguen las calles. Durante el estúpido paro, caminé por una ciudad de aire limpio y sin bocinazos; crucé por pasos de cebra sin tener que hacer de torero esquivando cornadas de busetas. Luego del anodino paro, desperté a la dura realidad de requerir tres veces más tiempo, amén de generar el triple de bilis, en trayectos por el centro.

Es incierto el desenlace de la guerra entre el gobierno y el gremio del autotransporte. No es la primera batalla que gana el Estado. Como a todo ciudadano, ayer les exigieron impuestos de ventas. En la última batalla, la reglamentación convenida puede ser un inocuo empate para ambos, si es que el gobierno cede a sus demandas –y que se joda la ciudadanía, como siempre.

Sería un incidente más en una guerra boba, como la de la II Guerra Mundial donde los bandos se miraban uno a otro desde sus trincheras y casamatas, antes de la arremetida por las Ardenas del “blitzkrieg” alemán. En un gobierno que presume de capitalista de Estado, contrario al capitalismo salvaje de choferes que hacen lo que les viene en gana, similar arremetida victoriosa sería promover el transporte público masivo en municipalidades y conurbaciones.

A futuro, la solución son los tranvías y los trenes –subterráneos o elevados- propulsados por el abundante gas natural del país. Tal opción es ecológica por la reducción de emisiones contaminantes del aire urbano; es descongestionante de la colmatación de calles y avenidas por la plaga de cacharros del transporte público –caótico, bullicioso y anárquico- en nuestras ciudades. Alternativas bimodales de trenes bala y buses en el altiplano quizá devuelva los flamencos a los lagos de colores del sur y palie la polución en los salares; ciertamente para los pasajeros sería más seguro, amén de rápido, viajar entre las urbes del eje troncal del país. Más aún, los convoyes en los corredores de integración bioceánica acarrearán masivos tonelajes de Brasil a Chile, cruzando Bolivia en camino a mercados asiáticos, atosigando aún más las carreteras de la muerte. Definitivamente, hoy urgen soluciones de transporte público masivo en el país.


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