Conjeturas y analogías sobre el litio

Las organizaciones sociales de Potosí conminaron al Gobierno a derogar el “decreto maldito”, rechazando la creación de la estatal Empresa Boliviana de Recursos Evaporíticos (EBRE), de la que, para añadir insulto a la injuria, se fijaba su sede no en la meritoria Uyuni, o en la cuna de la bolivianidad que es la Villa Imperial, sino en La Paz. Días después, quizá por cálculo electoralista, el gobierno derogó el ofensivo decreto. Hoy el litio tiene al gobierno como si fuera una engreída doncella rodeada de un cortejo de pretendientes, que por mucho escoger quizá pierda el mejor partido. Comenta un lector, ¿qué inversionista se animaría a radicar su producción en un país con un régimen expropiador y anticapitalista?

Cuando Neil Armstrong paseaba por la luna, miró hacia la Tierra y notó un espejito que brillaba. Era el Salar de Uyuni, rasgo de la geografía del planeta discernible a simple vista desde su satélite selenita. El apunte del primer hombre que caminó en la luna desató un alud de interés por visitar el albo lago de sal, resabio de antiguo mar que la elevación orogénica de los Andes dejó en las alturas altiplánicas. Es otro de los atractivos bolivianos cuyo potencial poco se aprovecha. Pero no es sobre turismo este comentario, salvo enfatizar que tal es un acervo más en una patria tan bendecida de recursos, que dice el cuento que provocó quejas a Dios por haberle dado tanta riqueza; la respuesta divina fue: “esperen a ver qué clase de gente les pongo”. De gobernantes, acoto yo.

Es sobre el litio. Lo inspiró un despacho dando cuenta de que las organizaciones sociales de Potosí conminaban al Gobierno a derogar el “decreto maldito”. Los potosinos rechazaban la creación de la estatal Empresa Boliviana de Recursos Evaporíticos (EBRE), de la que, para añadir insulto a la injuria, se fijaba su sede no en la meritoria Uyuni, o en la cuna de la bolivianidad que es la Villa Imperial, sino en La Paz. Días después, quizá por cálculo electoralista, el gobierno derogó el ofensivo decreto.

Un par de conjeturas y varias analogías se desprenden del tira y afloja.

Esperanzador sería que los potosinos no crean en la visión gobiernista de autonomía, que no es otra cosa que aplicar un maquiavélico dividir para reinar. Prueba de secante centralismo –ahora no solo paceño, sino aimara- la central del litio iba a ser Chuquiago, sede de gobierno y cautiva de El Alto. ¿Qué más se podía esperar de un régimen que se llena la boca con un divisionista concepto de autonomía, además de contravenir su propia Constitución? Quizá los potosinos se han vuelto suspicaces. Cómo no, si fuera cierto que de mil millones de dólares anuales que genera San Cristóbal, otro Sumaj Orko, solo se perciben migajas por concepto de regalías e impuestos. El rol vigilante del Estado reducido a casi nada, ¿quizá por un gobierno constreñido por ciertos aportes a su ascenso? ¿Y qué de la claudicación del Silala?

Tranquilizador sería que los potosinos hayan entendido cuán iluso es buscar prosperidad equitativa con el fracasado capitalismo de Estado, hoy que en humareda de sahumerio socialista se conjura al país con sortilegios nacionalizadores. Tal vez recuerdan la nacionalización de minas y sus secuelas, donde incluso esquemas estatales de industrialización, como Karachipampa, resultaron elefantes blancos por la corrupción. O quizá los ciudadanos conscientes raciocinan la historia: de la explotación colonial no quedó nada más que un Cerro Rico lleno de oquedades que se derrumban. Pero por lo menos la corona hispana fue más eficiente en cobrar su tajada de impuestos.

No creo ni en lo esperanzador ni en lo tranquilizador. Más bien, describo la política del presente gobierno con la analogía del “perro del hortelano, que no come ni deja comer”. Hasta que la comida se torna rancia, digo yo, alertando que llegará el tiempo en que el litio será innecesario en la era de alguna parte del átomo, minúscula pero musculosa en energía. Cuatro años para parir un decreto, engendro que murió a los pocos días, ¿cuánto tiempo para que Bolivia ingrese de veras en la carrera mundial del litio? No me vengan con que seis millones de verdes en una planta piloto de carbonato de litio, han puesto al país en la delantera de la competencia para dar al mundo opciones energéticas menos contaminantes.

La carrera por el litio evoca a los competidores de esquí a campo traviesa, esos que de cuando en cuando tienen que sacar el fusil y achuntar media docena de famas en el tiro al blanco. Bolivia ni siquiera ha estado en la línea de largada, inicialmente rápida, desde que fracasó el contrato con la Lithco. Tiene casi la mitad de las reservas mundiales de litio, pero su inestabilidad política, inseguridad jurídica y gobierno hostil a la inversión extranjera, han llevado a los inversionistas a Chile, Argentina, Australia y EEUU. Hace tres días, cuando se ensalzaba la refriega de Calama como si fuera la batalla de Stalingrado, los chilenos festejaban calladitos que el Salar de Atacama se está convirtiendo en la meca del litio. Será el próximo producto estrella de su economía, junto al guano, el salitre y el cobre del Litoral usurpado en 1879.

La clave está en la proyectiva, rama de la planificación que escudriña el futuro. Aunque la oferta de litio en el mercado mundial es abundante, tanto que el año pasado el precio del carbonato de litio bajó de $5.000 a $4.000 la tonelada, anuncios de producir autos eléctricos por grandes firmas han disparado las proyecciones de la demanda. Nissan introducirá un auto eléctrico de cinco pasajeros; General Motors producirá un híbrido –a gasolina y electricidad. Un analista de inversiones predice 40% de aumento de la demanda entre 2009 y 2014; otro calcula un incremento de 10.3% anual entre 2009 y 2020. Los vehículos eléctricos serán una gran industria, dice el New York Times.

Destacan las visitas periódicas de empresas extranjeras interesadas en invertir en el litio del Salar de Uyuni. Ensoberbecidos, los funcionarios del gobierno declaran que hay propuestas de Corea, Brasil y China. Los japoneses encaminan propuestas tentadoras a través de su gobierno. Una compañía francesa llegará con ofertas de fabricar baterías y ensamblar autos energizados por el litio en el país.

Parece un cortejo de pretendientes rondando a una engreída doncella, que por mucho escoger quizá pierda el mejor partido. Comenta un lector, ¿qué inversionista se animaría a radicar su producción en un país con un régimen expropiador y anticapitalista?

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