No se me ocurre mejor símil para ilustrar la mala leche del gobierno de Evo Morales en las últimas elecciones que un caimán enfurecido, con coletazos de aquí para allá y tarascada a diestra y siniestra sin tener embozada la bocaza. Me refugio en la fantasía de Ensayo sobre la lucidez, novela en la que José Saramago se inspira sobre el soponcio que sobrevendría si la mayoría de los votantes, cansados de tanto manoseo del proceso electoral, deciden dar la espalda a la charada y votar en blanco. Estrujados entre la oposición dispersa por el protagonismo de la megalomanía de sus candidatos, y el atropello gobiernista de procesos electorales y coletazos agresivos si pierden, ¿reaccionaría el electorado boliviano con la lucidez para un repudio similar?
Ni por un minuto vayan a creer que por ser beniano he “lagarteado” hipnotizándolos con el haz de una linterna y pegándoles un tiro en el ojo. Tampoco ayudé en el traslado de los caimanes negros, que hace tiempo les ayudó a sobrevivir su caza indiscriminada para convertirlos en carteras. En la tele admiré a un australiano, hoy difunto por su riesgoso oficio, que lidiaba eludiendo coletazos de cocodrilos. Entonces entendí algo que un montaraz me dijo al mostrar sus cicatrices: los coletazos de yacarés son de cuidado.
No se me ocurre mejor símil para ilustrar la mala leche del gobierno de Evo Morales en las últimas elecciones. Reaccionó como un caimán enfurecido, con coletazos de aquí para allá y tarascada a diestra y siniestra sin tener embozada la bocaza, con resultados de un primer domingo de abril en que se empezó a sentir el frío otoñal. Desde la perspectiva del vaso medio vacío, las cifras fueron claras. El gobierno confió en el voto consigna, y se durmió en los laureles de que “la muchedumbre no razona jamás”, como decía el humanista español Gregorio Marañón.
En ese bastión masista que es Cochabamba, a boca de urna yo había anunciado una taza de leche a favor del oficialismo. El mesurado Edmundo Novillo ganó ampliamente la gobernación. Pero a pesar de la dispersión de opositores, el segundo perdió por poco en la lid por la alcaldía de la capital. Sorpresivo fue que ganara la oposición en alcaldías importantes, como Quillacollo y Punata.
¿Quién iba a pensar que la alcaldía de La Paz –plaza clave estratégica y numéricamente- iba a ser de un partido alabado cuando era aliado y vituperado después? ¿Qué el reducto de Ponchos Rojos de Achacachi, símbolo del etnocentrismo aimara, había de dar la espalda al jefazo del etnopopulismo, aún recibiendo un campo de fútbol pocos días antes de las elecciones? ¿Qué la gente de Achocalla ande en marchas protestando por el escamoteo de su voto, que no fue para el oficialismo?
Poco sirvió que el presidente de todos los bolivianos malgaste su prestigio endorsando candidatos, muchos nombrados a dedo, y echando pestes de variada laya y veracidad sobre los oponentes. Así como fue una sorpresa que fuera electa alcaldesa una periodista sin miedo en el municipio de Oruro, capital del departamento del cual Evo Morales es oriundo, habría que juntar las victorias opositoras en las alcaldías de la mayoría de las capitales del país, incluyendo las tres del bastión gobiernista en el altiplano. La llamada “media luna” aguantó la lluvia de sabotaje financiero, improperios ideológicos, acusaciones de corrupción y acosos judiciales. Triunfaron los gobernadores de la oposición, excepto, y eso por un pelo de mono, en el girón patrio ocupado por tropas militares y mitimaes del occidente que es Pando.
Las elecciones de abril 2010 muestran merma de apoyo al oficialismo. El voto consciente, el voto urbano, no fueron para el gobierno pese al masivo despliegue económico, logístico y propagandístico. Han catapultado al Movimiento Sin Miedo (MSM) como opción política dentro una izquierda moderada. Revés al proyecto de fundir la Venezuela chavista con la Bolivia evista, para formar Bolizuela, como especula alguno. Desechan presunciones mías de que el cambio de Evo Morales vendría de adentro, pero dentro de las filas del etnopopulismo aimara, quizá porque el entorno palaciego “blancoide” –poder real detrás del trono- ha raleado al entorno “indioide”.
La reacción del confiado gobierno no se hizo esperar. Poco importó que el segundo mandatario anunciara el comienzo de la era autonómica en Bolivia. Como coletazos de enfurecido saurio, ni había terminado el cómputo, que el gobierno denunció fraude donde había perdido. Reanudó su ofensiva contra Santa Cruz, con la detención de más personas por allegado separatismo vinculado a los acribillados en el caso Rózsa. Ni el gobernador electo, supuesto blanco de magnicidios planeados por el grupo mercenario junto con el Presidente Morales, se salvó de estar vinculado al financiamiento de su propia muerte a través de su pertenencia a una de las logias cruceñas. Con fuegos de artificio de rehusar trabajar con corruptos y separatistas, hablan de estructuras paralelas a la institucionalidad constitucional, como mecanismo de financiar proyectos en departamentos y alcaldías que vapulearon al oficialismo, asfixiando toda posibilidad de gestión exitosa en obras y transparente en manejo económico –como la de Juan del Granado en la sede de gobierno.
Un último tarascón del caimán es la anunciada recomposición del órgano electoral, que suena a descomposición al gusto de la necrofilia institucional del gobierno, prevista para digitar las elecciones de autoridades judiciales en diciembre. Claro, imaginen cómo sería si hubiera un órgano judicial independiente: ¡adiós al acoso judicial como terrorismo de Estado! Mantener una Corte Electoral que organiza comicios eficientes sin interferencias, con la personalidad arbitral para sacar tarjetas amarillas y rojas, caiga quien cayera: ¡adiós al manoseo gobiernista que altera el ejercicio libre del voto! Eso sería un adiós al pasado de caudillos con talegos de dádivas y prebendas. Una democracia representativa madura, con un electorado libre de discernir en conciencia por quién votar.
Me refugio en la fantasía de Ensayo sobre la lucidez, novela en la que José Saramago se inspira sobre el soponcio que sobrevendría si la mayoría de los votantes, cansados de tanto manoseo del proceso electoral, deciden dar la espalda a la charada y votar en blanco. Estrujados entre la oposición dispersa por el protagonismo de la megalomanía de sus candidatos, y el atropello gobiernista de procesos electorales y coletazos agresivos si pierden, ¿reaccionaría el electorado boliviano con la lucidez para un repudio similar?
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