La reciente visita de Dilma Rousseff, candidata a suceder a Lula da Silva en la presidencia de Brasil, y la del principal asesor Marco Aurelio García acompañado de un grupo de empresarios brasileños, incitaron preguntas que recordaron a ese “ay mamá, que será lo que quiere el negro” de la cumbia. No sabemos plantear nuestras prioridades. ¿Acaso no nos interesan temas como “modernización agrícola, integración energética y construcción de plantas hidroeléctricas, prospección minera, construcción de carreteras, la propia industrialización del gas —que es un tema distinto de la venta del gas como una commodity—, la industrialización de la salmuera en el salar de Uyuni”? Según Rousseff, estos son los que puso en tapete la misión de García.Tampoco sabemos negociar. Mientras Brasil mandó un asesor de alto vuelo con sus empresarios, en Bolivia, como dice un amigo, solo conocen la variedad de “bandeirantes, no empreteiros”: eso se debe a la corrupción, la nuestra y la de ellos.
En la caja de Pandora de los males bolivianos, queda en el fondo la esperanza. Un aspecto de ella es no dejarse llevar por complejos paranoicos, rasgo importante del ser nacional en el bastión centralista de occidente, luego de los conflictos y territorios perdidos a vecinos más avispados y mejor gobernados.
La reciente visita de Dilma Rousseff, candidata a suceder a Lula da Silva en la presidencia de Brasil, y la del principal asesor Marco Aurelio García acompañado de un grupo de empresarios brasileños, incitaron preguntas que recordaron a ese “ay mamá, que será lo que quiere el negro” de la cumbia. Apunto ciertos aspectos que, figurativamente, tocan a lo que el mulato brasileño quiere de la cholita boliviana.
En primer lugar, como dice la canción, quiere que aunque la cholita boliviana se acueste tranquila y el negro brasileño la destape, no se lo digan a su papi, el zambo venezolano. Es geopolítica sudamericana pura. Por mucho arrumaco aplacador del megalómano bolivariano, Brasilia tiene en Bolivia una pieza clave de su armazón para ser potencia emergente. Porque si Brasil ha de ser protagonista en la escena mundial, tiene que ser el primus inter pares –de dientes para afuera, potencia dominante por dentro– si no de América Latina en su conjunto, por lo menos de Sudamérica.
Su rival en el norte está condenado al “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de EEUU” que lamentaba Porfirio Díaz. No es poca cosa si lo que buscan es el bienestar de sus ciudadanos. Tarde o temprano EEUU despertará a la prioridad de que su próximo Plan Marshall es al sur. No más que el Muro de Berlín logró separar al este del oeste alemán, ninguna cortina de cemento le aislará de su socio en la Norteamérica integrada, que abarca México, Canadá y EEUU (cuyo gentilicio es estadounidense, no norteamericano). Quieran o no, la oleada latina de su tradicional puerta abierta a inmigrantes es inevitable, quizá porque Dios es travieso y está compensando el tercio de territorio que EEUU le debe a México.
Parece que Brasil ha comprendido este hecho. No desea tener un vecino paupérrimo en su frontera más extensa. Además, nuestro país es el corazón geográfico de Sudamérica y el camino más corto a los puertos chilenos que llevarán sus productos a los mercados asiáticos. Eludida la problemática Bolivia por el bypass carretero por Acre al Perú, y en marcha el corredor interoceánico de sus estados del sur por el norte argentino hasta el megapuerto de Mejillones, ahora es tiempo de lidiar con el convulsivo vecino. Si Brasil mantiene un idilio político con el caudillo bolivariano, aparte de inversiones de monta en el oro negro que bendice –o tal vez maldice– a Venezuela, ¿por qué no abrumar a Bolivia con sus modernos “bandeirantes” empresariales, hasta que la cholita creída letrada diga, como cuenta el chiste, “me abrumas, cawallero”?
Por andar ocupados con lo que el negro quiere de la negra, se descuida pensar en lo que la cholita boliviana quiere del caboclo brasileño. Al respecto, recurrí en un sueño que el año 2002 me impulsó a instar a que aprendamos de Finlandia. Partí del símil de que Suomi, nombre en finlandés de ese país, es a Rusia y Suecia lo que Bolivia es a Brasil y Chile, cosa no solo de similitudes históricas.
Reitero que solo en sociedad con Brasil se podrán completar los corredores de integración entre los dos océanos sudamericanos, con la infraestructura de apoyo necesaria para que Bolivia no sea un simple país de tránsito, y que de nuestro país vayan alimentos y productos manufacturados al mercado brasileño. Que los corredores de integración sean bimodales –automotores y trenes en el ramal a Cuiabá; carretera y río en el ramal a Rondonia. Que el FFCC Santos-Arica sea realidad, propulsado por gas boliviano, ¿acaso no existen medios tecnológicos de cambiar al paso las ruedas en vagones de diferente trocha? ¡Pregunten a los chinos, por favor!
Matemos dos pájaros de un tiro invirtiendo en energía para venderle a Brasil: de gas natural, termo e hidroeléctrica. La energía será para Bolivia lo que una Nokia dinamizadora es a Finlandia. Insistamos en que las hidroeléctricas brasileñas del río Madera incluyan esclusas para la navegación hacia el río-mar y el Atlántico. También en las binacionales del tramo Guayaramerín y Abuná –según el SIRENARE, potencial de 43.000 GWh por año, equivalente a 21 Tcf de gas natural en 50 años– y la boliviana en Cachuela Esperanza, que harán de Riberalta y Guayaramerín puertos marítimos, conectados bien adentro de la geografía boliviana a Puerto Siles y a Puerto Villarroel. ¿Qué falso pachamamismo nos hace volcar la cara a desarrollar la cuenca hidroeléctrica del río Beni: 50.000 MW de energía renovable para conectar a la red insaciable del gigante brasileño?
No sabemos plantear nuestras prioridades. ¿Acaso no nos interesan temas como “modernización agrícola, integración energética y construcción de plantas hidroeléctricas, prospección minera, construcción de carreteras, la propia industrialización del gas —que es un tema distinto de la venta del gas como una commodity—, la industrialización de la salmuera en el salar de Uyuni”? Según Rousseff, estos son los que puso en tapete la misión de Marco Aurelio García.
Tampoco sabemos negociar. Mientras Brasil mandó un asesor de alto vuelo con sus empresarios, en Bolivia, como dice un amigo, solo conocen la variedad de “bandeirantes, no empreteiros”: eso se debe a la corrupción, la nuestra y la de ellos. Si las contrapartes negociadoras del país no hablan portugués y menos saben de historia brasileña, pero se inflan de cachaça, abrazos, fútbol, palmadas, feijoada, samba, mulatas y caipirinhas: ¿de quién es la culpa que se ejecute lo que le interesa a Brasil, descuidando lo que es importante para Bolivia?
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