Baste decir que si el izquierdista Luis Bassets asevera que si lo que pasa en Cuba es “la miserable lucha de una Revolución que encandiló a medio mundo y ha desengañado luego al mundo entero”, en Bolivia se da un mandamás folclórico que si ayer encantó a medio mundo, hoy es el hazmerreir del mundo entero. No es la primera vez que dice sandeces, pero lo irónico de éstas es que su caja de resonancia la pagó su gobierno y retumbó en todo el planeta. Por mi cuenta, resucitado mi proyecto de un libro de dichos y hechos de Evo, convoco a mis lectores a colaborar enviando anécdotas, frases y fuentes de información sobre tan ilustrado caudillo.
Tanto papo sobre el Presidente Morales, que en un cuarto de hora tiró por la borda con sus dislates lo positivo de su Cumbre de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra. Me resucitó un proyecto de una antología de dichos y hechos de Evo, a manera del librito de Tomás O’Connor D’Arlach sobre Melgarejo. Son chifladuras mías: de púber soñaba con ser un invitado del barbudo tarateño a venerar el derrière de la Juanacha, que tuvo que haber sido redondo y firme, sin apósitos de silicona que rellenen blanduras de la edad ni maquillajes que engañen a la fealdad; de viejo, encuentro mucha tela que cortar para un bestseller sardónico sobre el primer Presidente de Orinoca.
Había esquivado referirme al fiasco de la Cumbre que ocasionó el Presidente por soltar su lengua. ¿Qué podría añadir a los comentarios punzantes de plumas españolas, cubanas, brasileñas, francesas, estadounidenses, mexicanas y argentinas, amén de las bolivianas, sin contar las de reporteros en idiomas desconocidos? ¿Debería llamar la atención sobre el silencio abochornado de izquierdistas y científicos admiradores de la aureola indígena de Evo Morales? Si antes he lamentado la xenofobia y el racismo al revés inducidos por este gobierno de “originarios”, que luego no se sonrojan de pasar el sombrero a los “blancoides” europeos, ¿para qué hablar mal ahora de los prejuicios presidenciales sobre el efecto de los alimentos transgénicos sobre la calvicie? ¿No ha corrido ya suficiente tinta sobre su homofóbica relación entre el consumo de pollo y la preferencia sexual de los que llamó desviados?
Una imagen vale más que mil palabras. Una caricatura de L’Humanite dimanche, un semanario parisino no conocido por neoliberal sino por comunista, me convenció de tocar el tema. Hurgó el trasfondo del subconsciente presidencial al pontificar sobre las hormonas de los pollos, al tiempo que imaginaba ser una voluptuosa, aunque cachetona, Eva. Yo que no tengo habilidad de dibujante, me refugio en una prosa sardónica: “cada noche me invento/ todavía me emborracho/ tan joven y tan viejo/ like a rolling stone”, como canta Joaquín Sabina. Hay bastantes motivos para estar sombríos, pero me motivó que el que calla, otorga; que existe el silencio cómplice.
Imaginé que pasaría si yo fuese uno de los miles de ignaros que creen a pie juntillas en la palabra del iluminado. Tendría que abandonar el gusto adquirido por las salteñas acompañadas del “líquido negro del imperialismo”, como lo llamaba una hija mía. El centímetro de Coca Cola que endulza el agua en mi ron nicaragüense, versión del sur mexicano del mentiroso Cuba Libre, tendría que ser suplido por una medida de jarabe de coca. Podría ser de Coca Colla, mejunje capitalista inventado por cocaleros socialistas, que hoy compite con las bebidas energizantes que reemplazan –o complementan– al alcohol, la marihuana, los estimulantes en tableta y el Viagra entre los jóvenes de hoy.
En las comilonas que vengan, exigiría gallina “come-puchi”, que es como llamo a las criollas que picotean de todo, para evitar quebrar la muñeca y otros amaneramientos de los que se desvían “de su ser como hombres” al consumir aves de granja. Urdí un huerto familiar cerrado con malla de gallinero para criar una docena de pollos, aunque sé que mi esposa se resistirá a torcerles el coto y pelarlos en agua hirviente para cocinarlos: ¿acaso me casé con ella para que sea mi “cocinegra”?, me diría.
No sé si a tiempo para recuperar una cabellera invadida de profundas entradas y una tonsura en camino a asemejarme a un cura franciscano, pero a partir de mañana no consumiré más papas fritas a la francesa, esas cortadas en paralelepípedos para acompañar a las hamburguesas y otros ingenios de la comida rápida, donde la variedad holandesa de la patata –transgénica y culpable de la alopecia según nuestro gurú presidencial– es la preferida para ese menester a la papa imilla o, peor, a la deliciosa k’oyllu.
Mis propósitos naufragaron en el mar del cálculo económico. Si me preguntasen en qué zoncera se parecen García Meza y Evo Morales, respondería en que si uno propuso que comiéramos charque y el otro gallinas criollas, ambos soslayaron que las alternativas propuestas son más caras. ¡Qué dilema!
Entonces me invitaron a una velada artístico-cultural en honor a la madre. Fui convocado a satirizar los ritos en Tiahuanaco donde el “j’acha mallku” fue coronado. A mi juego me llamaron. Rehusé el papel de sacerdote aimara, ya que no me arrebata el sexo de las piedras y los curas andan hoy patidifusos con tanta denuncia de pedofilia, debida, seguramente, al consumo de pollos. Ofrecí mi actuación como el presidente de una escisión de la disuelta Yugoeslavia. Antropólogo él, se tomó a pecho la observación participativa como método de investigación, pegándose a Evo I en su ceremonia inicial, como caníbal a una apetitosa cautiva inglesa. Pobrecito, me cuentan que murió a su retorno a su país, quizá del patatús de la imputación de malversar el dinero de los contribuyentes, al venir a Bolivia a estudiar un montaje escénico que en lo etnográfico era tan trucho como los de Hollywood.
Baste decir que si el izquierdista Luis Bassets asevera que si lo que pasa en Cuba es “la miserable lucha de una Revolución que encandiló a medio mundo y ha desengañado luego al mundo entero”, en Bolivia se da un mandamás folclórico que si ayer encantó a medio mundo, hoy es el hazmerreir del mundo entero. No es la primera vez que dice sandeces, pero lo irónico de éstas es que su caja de resonancia la pagó su gobierno y retumbó en todo el planeta. Por mi cuenta, resucitado mi proyecto de un libro de dichos y hechos de Evo, convoco a mis lectores a colaborar enviando anécdotas, frases y fuentes de información sobre tan ilustrado caudillo.
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