Yo solo quiero ser boliviano

La última de las bellacadas involucionistas de este gobierno tiene claro tinte etnocéntrico de corte aymara: decretar feriado nacional el 21 de junio, dizque año nuevo aymara. Alerto que tal medida es centralista en intención y etnocentrista en esencia. Pero la capital del país es Sucre, el origen de Bolivia es Charcas y la interculturalidad es el medio para forjar un pueblo mestizo orgulloso de su esencia indígena diversa. Destacable en su aporte a la peculiar “raza cósmica” latinoamericana, en el contexto de gentes y culturas del mundo. Una nación donde se respeten las leyes para todos, la diversidad cultural, la igualdad de derechos y obligaciones. Se fomente con tino el acceso de los excluidos a las oportunidades. Son logros que no se obtendrán con arbitrarios centralismos ni antojadizos aymara-centrismos.

Hace algún tiempo escribí “Kelly no quiere ser originaria”, artículo que relievaba una pugna entre fuerzas centrífugas y centrípetas. Por un lado, la energía de la globalización, que con la radio y la tele traen el mundo a la más modesta de las salas. Un efecto es la inclinación a poner nombres famosos –y foráneos- a los hijos. Por otro, la involución de un régimen populista que capitaliza el apoyo político de ignorantes con antojadizas fábulas etnohistóricas. Un ejemplo obvio es la noción de “originario”, que tiene efecto excluyente al no definir el punto cero de una aculturación dinámica en proceso, comparado con el incluyente concepto de “mestizo” que abarca a más del 70% de la población boliviana.

La última de las bellacadas involucionistas de este gobierno tiene claro tinte etnocéntrico de corte aymara: decretar feriado nacional el 21 de junio, dizque año nuevo aymara. Algo que no se festeja en toda Bolivia. Digo dizque, porque causa risa que se refuten imaginarias nociones del año aymara 5.018, con los registros y evidencias arqueológicas que apuntan a que dicha cultura data del 1.100 después de Cristo. La cultura Tiahuanacota no tiene nada de aymara: la Puerta del Sol muestra rasgos del culto Chavín, originado en la selva, mil años después y a mil kilómetros de distancia de una cultura del actual Perú, que arqueólogos han vinculado a los Olmecas de México.

No se trata de descalificar que tal día sea el más corto en el hemisferio sur del planeta, aparejado de su noche más larga (y dicen que la más fría); el más largo del año en la mitad norte, con su correspondiente noche más corta. Se viene festejando desde hace más de 5.000 años en las culturas agrarias, desde que algún chamán avizorador de las estrellas, observara que el sol se mueve desde una posición perpendicular sobre el Trópico de Cáncer, hasta una perpendicularidad  sobre el Trópico de Capricornio (al revés en el hemisferio norte). El día que se ve al sol estar más al norte es el 21 de junio y el día que se lo ve ponerse más al sur es el 21 de diciembre. Esos días extremos se llaman solsticios de invierno y de verano, respectivamente.

Tampoco se trata de desmerecer que en las culturas agrarias –y todas lo son o lo han sido desde que los humanos se graduaron de cazadores a agricultores- se haya celebrado el fenómeno que marca el alfa y el omega del vaivén de las estaciones, y por ende, del ciclo agrícola. Similitud hay en la mezcla de reverencia y temor, festejo y ritual, con la que celtas y aymaras, mayas y egipcios, y el largo etcétera de las culturas del mundo, celebraban los días más largos y las noches más cortas, o viceversa. Es prueba de que las culturas evolucionan de forma parecida en réplica a las mismas circunstancias.

Alerto que la declaratoria de feriado nacional del Año Nuevo Aymara es centralista en intención y etnocentrista en esencia. En esos dos componentes, centralismo y aymara-centrismo, coinciden los paceños y los fundamentalistas aymara al intentar embutir a los bolivianos una nación centrada ilegítimamente en La Paz y en el molde de la preponderancia de la etnia aymara. La sede de gobierno resiste con uñas y dientes el desplazamiento del centro de gravedad económico hacia el oriente. Los indianistas aymara, quizá confusos entre lo que fueran límites ancestrales de sus cacicazgos y el imperio incaico de los Cuatro Suyos, parecieran querer rebalsar por valles, selvas y llanos de Bolivia, tal vez porque poca fortuna tendrían recuperando territorios asumidos como propios en el norte argentino, el Norte Grande chileno y la mitad peruana del Lago Titicaca.

Pero la capital del país es Sucre, el origen de Bolivia es Charcas y la interculturalidad es el medio para forjar un pueblo mestizo orgulloso de su esencia indígena diversa. Destacable en su aporte a la peculiar “raza cósmica” latinoamericana, en el contexto de gentes y culturas del mundo. Una nación donde se respeten las leyes para todos, la diversidad cultural, la igualdad de derechos y obligaciones. Se fomente con tino el acceso de los excluidos a las oportunidades. Son logros que no se obtendrán con arbitrarios centralismos ni antojadizos aymara-centrismos.

Por ello es de nota la oposición al Año Nuevo Aymara de otras “naciones originarias”. Los guaraníes puntualizando la escasa significación de lo aymara para ellos, y pidiendo más bien que se conmemore con un feriado nacional la masacre de Kuruyuki, el 28 de enero. Los indígenas del Chaco, Oriente y Amazonia exigen que se reconozca como feriado nacional el 15 de agosto, día del inicio de la Marcha por el Territorio y la Dignidad. No son corcoveos aislados; provienen de sus organizaciones matrices: la Asamblea del Pueblo Guaraní y la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia.

A la demagogia de un gobierno aymara-centrista, le hace el juego una cruceño-centrista: el gobernador Costas anuncia que recorrerá 120 Km hasta Samaipata, para esperar el amanecer en el ritual del Lucero del Alba, con el que los guaraníes esperan buenos augurios. ¿Cómo, si el llamado Fuerte de Samaipata fue erigido por los incas para contrarrestar saqueos chiriguanos –nombre despectivo de los Inca a los guaraníes- que ya habían reducido, cuando no morfado, a los Chanés? El mismo traslado de Santa Cruz de la Sierra se debió en parte a jaquear a malones de los Ava, en un conflicto que duró hasta fines del siglo 19. Tal epopeya, más prolongada que la de los mapuches, no produjo un símil boliviano a La Araucana. Quizá es porque no se tuvo un poeta letrado como Alonso de Ercilla y Zúñiga, pero sí demasiados demagogos.

Es claro que los mandamases no conocen la historia y la etnohistoria es urdida en ilusorias fábulas etnocentristas. Sea lo que fuera, yo no quiero ser aymara: solo boliviano.

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