En la mayor parte del mundo se sufre la agresión del ruido. Es atropello donde las normas se obedecen pero no se cumplen. A nivel mundial, anoto que el Índice de Paz Global (GPI) dado a conocer recientemente, muestra un mundo menos pacífico
por segundo año consecutivo. Materia de investigación de los psicólogos sociales debería ser cuánto de la intensificación de los
conflictos y los notorios incrementos en tasas de homicidios, manifestaciones violentas y de temor a ser víctima de delitos, en
resumen, la inseguridad ciudadana, se debe al incremento del nivel del ruido en la sociedad moderna. El ruido que más lastima mi sentir por una patria digna de mejor suerte es montado por el gobierno. Es la cacofonía de la propaganda, que tiene como meta convencer de que su gestión no es afecta a distraer la atención pública de su negligencia de temas importantes, sino más bien es democrática, eficaz e impoluta.
Un amigo me confesó su aversión al fútbol, tanta que ni le atraían los partidos de la selección de su país. Preguntó si compartía su neurosis, y le espeté que a la guerra, prefería los griteríos y cohetería acompañantes del combate de dos escuadras empeñadas en meter la pelota al arco rival. Pero esta nota no es sobre la locura del Mundial de Fútbol 2010.
Es sobre el ruido. Lo catapulta la controversia sobre las vuvuzelas, trompetas plásticas cuya difusión y uso durante el evento en Sudáfrica, rompen tímpanos de los más, distraen de pitazos arbitrales de los menos y rebalsan cuentas bancarias de uno que otro. Los decibelios (dB) de ruido producido por los adminículos, igual a los generados por un avión que arremete en el despegue, están en la antesala del umbral de dolor para el oído humano: 140 dB.
Pero a menos que se trate de los vecinos de algún aeropuerto, son pocos los afectados comparados con cuarenta mil hinchas y veintidós jugadores ensordecidos por la cacofonía de diez mil vuvuzelas. Éstas se han convertido en motivo de polémica en el mundo. Casi 100.000 votos se han computado a favor en el sitio que busca su abolición, mientras que menos de 10.000 quieren mantenerlas –quizá jóvenes camino a la sordera por alardear de parlantes grandes y poseer argumentos chiquitos para lides amorosas de fin de semana.
En la mayor parte del mundo se sufre la agresión del ruido. Es atropello donde las normas se obedecen pero no se cumplen, tal como decían los encomenderos hispanos durante la colonia, respecto a las Leyes de Indias que censuraban el abuso a los indígenas. Se soslayan las reglas municipales sobre el respeto al derecho ajeno que es la paz, según un Benito Juárez que no me canso de citar.
Sangro por la herida, dirá alguno. Cierto. Apenas tocaba el umbral de audición cuando solo me acompañaba el sonido de pisar y respirar en la majestuosa soledad del altiplano. Ahora, en el purgatorio de la vida cuarenta años después, asolan a mi irascible vejez el umbral de dolor auditivo de frenos de aire de cisternas que cargan agua de una piscina vecina para vender a condominios y villas; los radiotaxis que se solazan en tocar bocina a las cinco de la mañana cuando en la noche insomne había tomado una pastilla de dormir dos horas antes. Salgo en mi cacharro y me acosa una sobredosis de cojudos parqueados en doble fila en alguna avenida y buses cambiando de carril intempestivamente, convirtiéndome en otro bellaco tocador de bocina que agrede a los peatones, contrasentido que me lacera cuando salgo a caminar. Ni qué hablar de la chicha-disco que reverbera en mi dormitorio el blablá de un animador de ebrias parejas yn punzantes bajos de reggaetón los fines de semana.
Pero el ruido que más lastima mi sentir por una patria digna de mejor suerte es montado por el gobierno. Es la cacofonía de
la propaganda, que tiene como meta convencer de que su gestión no es afecta a distraer la atención pública de su negligencia de temas importantes, sino más bien es democrática, eficaz e impoluta.
Lo uno se muestra en las belicosas estridencias del amado líder. La última es la acusación de fondos de la agencia de
cooperación de la potencia imperial -en el léxico paranoico de la nueva izquierda- para comprar opositores. Todo mientras aumentan las pérdidas del comercio truncado con la mayor economía mundial y se mandan costosas misiones para reanudar tales oportunidades.
La democracia resbala al autoritarismo. Lo exhibe la toma ruidosa de instituciones del Estado, cuyo funcionamiento debería ser ajeno a eventuales detentadores del Poder Ejecutivo. Una Fiscalía que más parece criadero de mastines ladradores para acosar judicialmente a los opositores. Un Congreso gritón de mayoría de levanta manos. Un estamento judicial primero presionado y asustado, luego rellenado por militantes sea por convicción o necesidad, pero obsecuentes. Falta poco para que el organismo electoral sea un megáfono que refrende mañas electoreras del locuaz nuevo amo extranjero del que depende el gobierno. Etcétera.
“Le meto nomás” es proclama de Evo Morales que resume la eficacia de su gestión en asuntos de su interés, lo que no necesariamente coincide con el interés público, o el progreso de la nación. Como el terrorismo de Estado, el acoso judicial y el abuso del gamberrismo contra autoridades opositoras elegidas libremente. Cuánto de impoluto tiene habría que indagarlo de un gobernante prometedor de que no habrían muertos en su gestión. Ya van más de setenta, a los que bien podría añadirse otro tanto imputable a la justicia comunitaria azuzada por su gobierno.
A nivel mundial, anoto que el Índice de Paz Global (GPI) dado a conocer recientemente, muestra un mundo menos pacífico
por segundo año consecutivo. Materia de investigación de los psicólogos sociales debería ser cuánto de la intensificación de los
conflictos y los notorios incrementos en tasas de homicidios, manifestaciones violentas y de temor a ser víctima de delitos, en
resumen, la inseguridad ciudadana, se debe al incremento del nivel del ruido en la sociedad moderna.
“Mis padres vivían encima de una discoteca; todas las noches se quejaban los de la discoteca, porque hacían mucho ruido”, dice un irónico Joaquín Sabina en un previo a una canción. Me hace pensar que mis insomnios a la hora mágica de “silencio en la noche, ya todo está en calma, el músculo duerme, la ambición descansa” del inmortal Gardel y su poeta Le Pera, se deben a que mi subconsciente busca un reencuentro con la quietud de la madrugada y el silencio que asombra. “Mucho, mucho ruido/ tanto, tanto ruido, y al final… por fin el fin”, canta Sabina. Y el fin no es más que la soledad de los muertos, apunta algún poema, donde el silencio sepulcral es también ruido que ensordece de pena a los vivos.
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