Cochabamba, ciudad del conocimiento

Existen obstáculos potenciales para que la Llajta sea la primera ciudad del conocimiento. En primer lugar, la tendencia involutiva del régimen actual. Su apego a “nacionalizaciones” selectivas, que sólo expropian lo que es próspero en manos privadas, quizá para convertirlo en rémoras estatales. ¿Cómo aspirar a ser al menos el furgón de cola de la era del conocimiento, si ni siquiera uncimos nuestra obsoleta carreta a ese tren en marcha? El gobierno propende más a fallidos experimentos culturales del siglo pasado y menos al pragmatismo actual, donde reinan ideas claras de la importancia del conocimiento y su rol en el crecimiento de la economía.

Optimista me dejó la presentación de Guido Céspedes el 18 de junio pasado. Fue el lanzamiento de una iniciativa de Los Tiempos y el Fondo de la Comunidad –dos instituciones privadas, subrayo– para hacer de Cochabamba la primera ciudad boliviana del conocimiento.

Sus visionarios se preguntaron: aparte de un Misicuni que es motivo de “asikuni” (me río), ¿qué otro proyecto estratégico tiene Cochabamba? Perdida la condición de granero de Bolivia con la reforma agraria, ¿qué sería de esta hermosa región de triunfadores en tierras extrañas sin remesas de sus migrantes, ni dólares del narcotráfico? En suma, ¿por qué no aprovechar las ventajas comparativas que innegablemente tiene?

Por ello, nada más optimista que proponer que en el corazón del país se sitúe la primera ciudad del conocimiento. Se ha vuelto evidente que a partir de la segunda mitad del siglo XX, tal recurso es la principal fuente de riqueza en el mundo posindustrial. Las innovaciones son cada vez más pequeñas y los artilugios más potentes: requieren sistemas de control sedientos de datos para realizar mejor su función. Los inventos se multiplican y crean miles de nuevos bienes y servicios; la riqueza generada permite que la gente satisfaga gustos diversos. No en vano en el último medio siglo se produjo la revolución de la información y de las comunicaciones, se habla de la era del conocimiento y se avizora la era de la creatividad.

La economía del conocimiento se centra en el “saber cómo”. La información se usa como base de la producción, para aumentarla y diversificarla con la productividad, y ser competitivos, que no es más que saber hacer más por menos y vender mejor. Para conseguir ese “know-how” –saber cómo- en los países más avanzados se promueven programas educativos y fomentan la inversión en investigación y desarrollo.

Una sociedad basada en el conocimiento propicia que la mayoría de sus habitantes adultos estudien una carrera y estén aptos para un aprendizaje continuo. La educación terciaria consigue que los productos y los servicios sean de mejor calidad que los de un país con gente de escasa formación. “Al mismo tiempo un país con un alto nivel educativo, tiene una población que demanda bienes y servicios de calidad y de esa manera se crea un círculo virtuoso de mejora de la calidad de vida”, dice Eduardo Ísmodes, en un desalentador análisis de los alcances de la sociedad del conocimiento en el Perú.

Será tarea difícil hacer de Cochabamba la primera ciudad boliviana del conocimiento. De hecho, es ingresar a un selecto club de urbes, de las cuales hay 16 desperdigadas en la vieja Europa, 13 en Estados Unidos, 3 en China, 2 en Japón, 2 en Australia y a una en Corea, Canadá, Singapur, Malasia, Israel, Túnez, India y Sudáfrica. Pesos pesados regionales como Santiago de Chile, Quito, Buenos Aires, Montevideo y Medellín están en la fila desde hace tiempo.

Se plantean áreas de concentración con metas verificables. Una, dotar de medios útiles para la difusión masiva de la tecnología de la comunicación e información. Hacer accesibles la energía eléctrica, celulares, teléfono, computadora e Internet de Banda Ancha. La conectividad total en la región. No servirían los cubanos, pero sí los jóvenes bolivianos que andan pegados a las pantallas en los cafés Internet, para un Plane que les emplee para la alfabetización digital masiva y enseñen además el potencial de la interconectividad de celulares y computadoras en los estudios, el trabajo, la casa. Las laptops de $100 dólares son ya cuestión de regateo con proveedores, para fomentar su uso generalizado al dotarlas a escuelas, universidades, pymes y hogares.

Dos, incentivar la formación de “clusters” –agrupación sinérgica– de universidades, centros médicos, empresas por rubro, firmas de software y diseño gráfico, etc. Establecer un parque tecnológico, real y virtual, y un banco de proyectos que sirva de incubadora de pymes. Fomentar la innovación mediante premios y concursos de habilidades virtuales. Mapear la configuración digital de la región. Aumentar la bancarización e incentivar las industrias creativas y de la cultura. Digitar una red mundial de cochabambinos notables o destacados en el exterior. Certificar empresas que auspicien a formadores en el área digital. Propiciar la vinculación entre empresas y universidades.

Existen obstáculos potenciales para que la Llajta sea la primera ciudad del conocimiento. En primer lugar, la tendencia involutiva del régimen actual. Su apego a “nacionalizaciones” selectivas, que sólo expropian lo que es próspero en manos privadas, quizá para convertirlo en rémoras estatales. ¿Dado que son globalizadores, no será que “nacionalizan” hitos que llevan a una ciudad del conocimiento? En segundo lugar, la propaganda del régimen hace creer que la aparente bonanza económica actual se debe a la gestión de sus genios. Desportillan reservas inéditas en el país, pero modestas para inversiones gigantescas, en un país que ahuyenta capitales, tecnología y cooperación foráneos con cacareos paranoicos.

¿Cómo aspirar a ser al menos el furgón de cola de la era del conocimiento, si ni siquiera uncimos nuestra obsoleta carreta a ese tren en marcha? El gobierno propende más a fallidos experimentos culturales del siglo pasado y menos al pragmatismo actual, donde reinan ideas claras de la importancia del conocimiento y su rol en el crecimiento de la economía.

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