En esta Bolivia de contrasentidos, endulza el Vicepresidente que el país es ya una potencia mundial, mientras los ignaros curan diarreas causando quemaduras de tercer grado con apósitos de ladrillos calientes en las nalgas de los niños. Al tiempo que al Presidente indígena de Bolivia, en pleno proceso de transformarse en un “pequebú” más, le apuró una corrida de la llamada venganza de Atahualpa, más de 4 millones de niños viven en la pobreza en el país, y más de 14.000 mueren antes de cumplir el primer año de vida: la mitad de éstos antes de cumplir un mes de nacidos.
Hace unos días fue Martes 13, no te cases ni te embarques. Ni salí a la puerta, revoltijo supersticioso de andaluz, gitano, celta y tacana que soy. Para colmo de males, estuve de luto por el deceso de un caimán famélico, que algún payaso ignorante sacara de su hábitat, para luego seguramente matar de hambre con dieta vegetariana de papa y lechuga al carnívoro saurio, y rematar tirándolo al embalse de La Angostura.
No sé si por paranoico, o simplemente supersticioso, pero al Presidente Morales se le vino que podría ser envenenamiento magnicida la secuela indigesta que tuvo el otro día. Fue atracón de algún “koñichi” –comida guardada- pero por si las moscas, ¡fuera el chef de la casa presidencial! Pensé cuán lejos estaban los tiempos de plato de latón enlozado, rebosante de arroz y fideo con estampilla de vacuno encima, que le servían en alguna avanzada cocalera después de tumbar una palmera de medio siglo para picar el cogollo tierno de palmito.
En esta Bolivia de cambios mentirosos, dicen en mis pagos que las cosas no eran así, pero siguen igual. Se estrena un millonario avión presidencial, más sobrevaluado que otros similares, mientras que ningún piloto militar boliviano tiene las horas de vuelo en lujos franceses y el avión no despega todavía. Con Evo Morales quejándose de chatarras estadounidenses de la Guerra de Vietnam (porque en la II Guerra Mundial no había helicópteros Huey), se ignora que los T-33 de la Fuerza Aérea Boliviana hicieron su bautizo de fuego en el conflicto de Corea, apenas transpuesto el medio siglo pasado. Ni había nacido él, ni fueron los gringos los que regalaron las antiguallas.
Según un informe de la Cepal y de Unicef, 81 millones de niños latinoamericanos viven en situación de pobreza, 31 millones de ellos en miseria extrema: en América Latina y el Caribe 45% de los niños vive en pobreza extrema. La cara de la pobreza es indígena: en el continente de la raza cósmica hay 40 millones de ellos, el 95% en pobreza extrema.
En esta Bolivia de contrasentidos, endulza el Vicepresidente que el país es ya una potencia mundial, mientras los ignaros curan diarreas causando quemaduras de tercer grado con apósitos de ladrillos calientes en las nalgas de los niños. Al tiempo que al Presidente indígena de Bolivia, en pleno proceso de transformarse en un “pequebú” más, le apuró una corrida de la llamada venganza de Atahualpa, más de 4 millones de niños viven en la pobreza en el país, y más de 14.000 mueren antes de cumplir el primer año de vida: la mitad de éstos antes de cumplir un mes de nacidos. “Cursalera” es “k’echalera”, pero una cosa es morir de diarrea, famélico y sin abrir los ojos. Otra es sospechar, cual las monjitas del cuento, de haber querido ser envenenadas con algún polvito. Matemos dos pájaros de un tiro, o a lo menos pongámoslo a dieta de corridas: que el probador de los alimentos de Evo Morales sea el petacudo senador Ávalos.
Potencia mundial de malnutridos es en verdad Bolivia. Es único sudamericano, y encabeza con mayores índices de indigencia y precariedad de vida a Guatemala, Nicaragua y El Salvador –países minúsculos centroamericanos sin gas natural, petróleo, litio, hierro y minerales; ni coca. El representante de la Unicef en Bolivia contemporizó el año pasado que el bono madre-niño, llamado Juana Azurduy, podría ayudar a bajar los índices de pobreza. Más que ayudar a paliar la pobreza, detrás de los denominados bonos hay una intención electorera por excelencia. De otra suerte, tal reparto sería más progresista y equitativo, dando a los que más lo necesitan y no a todos por igual.
Tanta sería su hambre, que hace poco un ministro cocalero amenazó con tarascones de caimanes chapareños, si es los indígenas del oriente persistían en su marcha por la autonomía plena. Bueno, si tal dignatario manda en las huestes cocaleras como coronel, hay otros más arriba que ostentan grado de general, sin mencionar al pontífice mayor que es todo un mariscal sin haber ganado una batalla. Le ordenaron que baje el tono de sus belicosas declaraciones, no sea que el pueblo boliviano se percate de que las 36 naciones originarias con autonomía plena, de acuerdo a la Constitución de La Calancha, no son más que una argucia que tapuja la hegemonía aymara. A eso apunta el requerimiento mínimo de 10.000 habitantes para constituir una nación originaria. De la treintena de etnias desperdigadas en el oriente boliviano, ¿cuántas cumplirían este requisito?
Quisiera pensar que la exigencia de autonomía plena de los indígenas del oriente, a la que se han plegado tres “suyus” quechuas occidentales, obedece a que la venda de la demagogia está cayendo de los ojos de algunas de las 36 nacionalidades en que han parcelado el país. El gobierno acusa de recibir fondos de Usaid a los marchistas, ¿acaso difamar es monopolio de opositores?
Mientras tanto, continúa el maquiavélico dividir para reinar. Permite negociar ventajas y prebendas a los caciques del país, cada cual por su lado y beneficio. En la penumbra de los pasillos palaciegos, los representantes de organismos internacionales y las oenegés engordan en discusión bizantina sobre los instrumentos de medición de la pobreza. Los políticos se indigestan y nutren complejos de persecución y paranoia magnicida. Y los niños se mueren en esta Bolivia de contrasentidos y malos gobernantes.
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