El Viceministro de Descolonización descalificó 15 novelas de la literatura boliviana. Iban a ser publicadas y repartidas gratuitamente en las unidades educativas del país, “por tratarse de obras literarias que fueron constructoras de los imaginarios sociales y culturales, y que marcaron la historia de la literatura del país”. Ironía la especulación de cuántas ha leído. Pareciera que no entendió el contexto socio-histórico de ninguna. Sabe poco de literatura y necesita clases de lectura de comprensión, que dudo hayan estado incluidas en las campañas de alfabetización de los cubanos.
Alguna vez vi un recuento de gafes en películas de época. Por ejemplo, en algún film de ambiente versallesco, entre pelucones de chononos y sacones bordados de sobresalientes mangas de encaje, un actor había olvidado sacarse el reloj de pulsera, que por si acaso, no había en la Francia del siglo 16. Otro film recreaba la I Guerra Mundial, y encima de soldados en las trincheras, se veía un avión Airbus pasando raudo, que por si acaso, recién surcó los cielos 70 años después. Todo se solucionaba con un ¡corten!, un putazo del director y a volver a rodar la escena.
No ocurre lo mismo con la descalificación del Viceministro de Descolonización de 15 novelas de la literatura boliviana. Iban a ser publicadas y repartidas gratuitamente en las unidades educativas del país, “por tratarse de obras literarias que fueron constructoras de los imaginarios sociales y culturales, y que marcaron la historia de la literatura del país”.
Las novelas elegidas por un Comité de letrados fueron: “Aluvión de fuego” (Oscar Cerruto), “Los deshabitados” (Marcelo Quiroga Santa Cruz), “Juan de la Rosa” (Nataniel Aguirre), “Jonás y la ballena rosada” (Wolfango Montes), “El run run de la calavera” (Ramón Rocha Monroy), “Raza de bronce” (Alcides Arguedas), “La Virgen de las siete calles” (Alfredo Flores), “La Chaskañawi” (Carlos Medinaceli). Menciono primero las que alguna vez deshojé, aunque no pasaría un repaso de colegio si me indagasen su trama.
La petulancia me impele a indicar que sus temas sociales, históricos, contemporáneos, macabros, indigenistas y costumbristas eran una buena selección, aunque lamenté su andinocentrismo, que quizá se repite en las que hoy anoto en mi lista de obras por leer en 2012, si es que la flojera, la billetera, un primo alemán y las neuronas que mata el ron me lo permiten: “El otro gallo” (Jorge Suárez), “Tirinea” (Jesús Urzagasti), “Matías, el apóstol suplente” (Julio de la Vega), “Íntimas” (Adela Zamudio), “Relatos de la Villa Imperial de Potosí” (Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela), “Felipe Delgado” (Jaime Sáenz) y “El loco” (Arturo Borda).
Pensé que la descalificación viceministerial se originaba en un vicio historicista. No sería raro que el susodicho desconociera que las creaciones literarias responden al contexto temporal en que se generan, o son imperecederas en cuanto logra recrearlo la musa de sus autores. Eso no es solo cuestión de describir sucesos, edificios y trajes de época, sino se refleja también en las ideas, actitudes, prejuicios y sesgos del autor o de sus personajes. Sería mucho pedir que el notable supiera de José Ortega y Gassett y su noción de que todo lo que rodea, e influye sobre las personas, es la circunstancia.
Luego caí en una reflexión más pesimista. Al cabo, este régimen se ha caracterizado por negar o satanizar todo lo anterior a su encumbramiento. Sustenta un espejismo del paraíso terrenal antes del arribo de los españoles, desconociendo que el motor de la historia es un continuo de dominaciones, de la que también tiene las suyas la época precolombina. ¿O tal vez el desatino del viceministro fue un exabrupto dentro el fundamentalismo indigenista aymara, en este caso adulando por apoyo político?
Leí con mayor detenimiento las declaraciones de la eminencia viceministerial. Achaca a las obras de machismo, ayer y hoy un mal endémico de la sociedad, que las idealizaciones románticas no pueden negar aún entre las culturas indígenas. Habla de que “son miradas coloniales (eso) de creer que hay obras insignia” en la literatura de los pueblos: ¿conocerá “El Quijote de la Mancha” (Miguel de Cervantes), de épocas coloniales, y “La colmena” (Camilo José Cela) de tiempos modernos, españolas ambas? ¿Sabrá que en “Aluvión de fuego” (1935), Cerruto cita in extenso un “Manifiesto de las Nacionalidades Indígenas del Kollasuyo”, que sonaba más a Trotsky que a Pachacuti, y parece de tiempos en que Evo andaba de ñañas con la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (Cidob)?
Ironía la especulación de cuántas de las obras descalificadas ha leído el Viceministro. Pareciera que no entendió el contexto socio-histórico de ninguna. Sabe poco de literatura y necesita clases de lectura de comprensión, que dudo hayan estado incluidas en las campañas de alfabetización de los cubanos.
La pena es que su desatino no podrá ser borrado de un plumazo por un eventual sucesor, como ha hecho el gobierno con lo bueno, lo malo o lo feo que hicieron sus predecesores. El cacumen de la “jumentud” –como llamo a los escolares- será enjuagado con el racismo al revés de Fausto Reynaga, el pontificar sociológico del Vice, las peroratas del caudillo de Sabaneta, y las evadas del Presidente.
En la onda de este último, ahí está su reciente profecía en las alturas de Machu Picchu. Deben haberle afectado delirios del soroche si es que no acullicó coca chapareña, al vaticinar que el próximo año ganará la batalla para despenalizar la materia prima de la cocaína, logrando modificar la Convención de Viena. Quizá fue equiparada por algún aliado bolivariano al juramento de Bolívar en la cima del Monte Aventino. Me late que también fue aplaudida por la unión de productores de marihuana de EEUU, a los que les deben picar las narices por tener almácigos de hoja de coca en Topanga Canyon.
¿Habrá que achacar la pasividad boliviana ante tanta huevada, a los huevos –la abundancia de ellos en la dieta de unos pocos y la falta de otros, en muchos?
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