Quién es Winston Estremadoiro

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Nací un lluvioso diciembre en un pueblo amazónico extraordinario por el origen cosmopolita de sus gentes en los últimos años del auge de la goma elástica.

No escogí mi nombre, al extremo que dicen que me oriné cuando me inscribieron en el registro civil. Era de un prohombre inglés en tiempos de una guerra mundial que todavía favorecía a los adversarios, detalle al que atribuyo mi inclinación por los menos privilegiados.

Quizá debo mi afección a las bebidas espirituosas a que el cura que me bautizó, un irlandés Maryknoll de Chicago. Se llamaba Tom Collins. Tampoco se me consultó cuando me trajeron diez años más tarde al valle cochabambino, nombre que hacía las delicias de algún italiano.

Mi primera decisión propia fue cursar el último año de secundaria junto con cumplir el servicio militar. La segunda fue unirme a varios amigos a buscar futuro en Estados Unidos, país que me permitió trabajar y estudiar. Fui copero, mesero, barman, vendedor de enciclopedias y cajero en Houston. El año final de mi licenciatura obtuve una beca que permitió mejorar el promedio de mis notas y optar por una buena universidad para estudios de postgrado. Para merecerla, tuve que cambiar mi visa a una de estudiante, días antes de recibir el saludo del presidente estadounidense, que quedó con las ganas de embutirme en la moledora de carne de Vietnam.

Antes de emprender viaje a Los Angeles, me casé con una bella del sur de Alabama, sin tomar en cuenta que si había que pelar, cual bananas, de sus fajas a las bellezas sureñas, en la loca California eran tiempos de sexo, drogas y rock and roll, nada favorables al ensamblaje marital.  Hice trabajo de campo para mi maestría en un villorrio del altiplano orureño, que de ser Orinoca hoy me tendría de ministro de Evo Morales. Pasé exámenes de grado para el doctorado en antropología, a más de engendrar un vástago californiano. En retrospecto, lo segundo fue más importante.

Retorné a mi país con mi familia, provisto de una beca para investigar en el Chapare materiales para mi disertación, afán inconcluso concatenado con la partida a su país de mi esposa e hijo.

Dos años más tarde junté destinos con otra bella, esta vez de mi pueblo natal para no enfrentar problemas de shock cultural. Después de más de treinta años de casados, pienso que el matrimonio es una construcción diaria en que el amor a veces se vuelve más empeño que arte. Me deleito en dos hijas que son mi ojo derecho y mi ojo izquierdo, digo, tanto para remarcar que las amo a ambas por igual, como también que son diferentes, siendo una como su madre, que ha evolucionado de abogada a magistrada, y la otra socióloga como su padre, que de antropólogo ha involucionado a antropófago en sus columnas periodísticas.

Tengo suficientes años como para gustar de la reflexión. Pienso en la vida como el cruce a nado de un río, uno ancho como el Manutata en mi nativa Barranca Colorada. De plácida superficie pero pleno no tanto de las mitológicas anacondas, sino de arteras corrientes subyacentes, de palos y bejucos del pié de monte devastado por la tormenta, que succiona a los nadadores hacia abajo, hasta llenarles de agua los pulmones, reventarles  el cerebro y ennegrecerles los dientes al morir. Nada de retar al río de frente, mejor es nadar en sesgo, mitad brazada mitad dejarse llevar por la corriente, trazando línea oblicua en vez de recta, hasta llegar a las tibias arenas de la orilla opuesta.